Vicente Gallego
Editorial Tusquets (Nuevos textos sagrados)
Barcelona 2012
109 páginas
La búsqueda de
los elementos de la realidad que construyen un poema, su material naturaleza,
ha dado en Vicente Gallego un largo recorrido de calidad que ha ido completando
su mundo, que lo ha puesto a la altura de la mejor poesía escrita en castellano
de los últimos años, ofreciendo al lector diferentes etapas, conclusiones
diferentes, para trazar un recorrido sólido para el paso de quien transita su
obra.
Después de sus
primeros libros, entre los que cabe destacar, por lo que supuso para la
incursión de la poesía hecha en Valencia en el panorama literario de nuestro
país, “La luz, de otra manera” publicado en 1988, Gallego ha puesto de
manifiesto esa necesidad de exploración sin la cual queda lejos el hallazgo,
sin la que la obra puede perecer en un mar desde el que cualquier singladura
puede resultar un mero cabotaje, para ir trasmitiendo una necesidad de
comunicación ante el gran descubrimiento.
Pero no un
descubrimiento particular, poco comunicable, sino un conocimiento que desciende
hasta el lector como una entrega de luz nítida y armónica que ilumina su
lectura.
Libros como
“Santa deriva” (2002) o el fabuloso experimento de traslación de las
inquietudes del poeta al lenguaje del renacimiento y el barroco desbordados en
“Cantar de ciego” (2005), o “Si temierais morir” ((2008) están proponiendo
hitos que ponen de manifiesto la solidez de interpretación del mundo que rodea
a Gallego como ya dije más arriba, un mundo que parte, en la mayoría de
ocasiones, de un caudal sensitivo, particular y único, para hacerlo poesía
compartida.
Este quizá sea
uno de los resortes de la obra del poeta valenciano. De un lado, la necesidad
de comunicación de las sensaciones, su dificultad en la expresión escrita, nos
hace acudir a un lenguaje particular que se adueña de la adjetivación, de un
viaje al fondo del concepto, como ha manifestado en ocasiones, para trascender
al mundo de los sentidos. De otro, la facilidad con la que esos mismos asuntos
van trazando líneas de recorrido universal en las que reconocemos buena parte
de nuestro destino. Porque esa universalidad es, a la vez, individual y
colectiva, y, por tanto, bien reconocible.
“Mundo dentro
del claro”, libro de reciente aparición, no es menos que las últimas entregas
de Vicente Gallego; y, por no ser menos, también es un paso más hacia la cima
que se empeña en buscar el poeta. Su particular interés por una cierta
metafísica, ya descubierto en “Si temierais morir”, empuja cada resorte hacia
territorios que trascienden del hecho observado, hacia un vacío que se
experimenta como una sensación única de gozo desde la que hacer descansar las
cosas del mundo.
Este nuevo
acicate nos hace ver de qué manera la poesía de Gallego ha roto en una
dirección más particularmente animista, descargándose de la idea fundamentada
en el paso del tiempo para recalar en el
tiempo único, por decirlo de algún modo, abriendo el libro con versos como “En
el alma vacía, qué lozanos/ se dibujan los cielos, cómo crecen/ las flores
inmortales, los trabajos/ del hombre, qué livianos/ los afectos brindados sin
doblez. Una declaración de intenciones que en el libro va justificando su escritura.
“Mundo dentro
del claro” está plagado de asertos que viene a definir las preocupaciones del
poeta, el misticismo que lo acompaña desde hace algún tiempo: El hombre
trascendido de su estructura, afirmado en el vacío, puro y eterno ante los
sentidos. Ejemplos a esta tesis pueden ser poemas tales como “Quien la
encuentre” donde una rama de hinojo puede ser el alimento necesario para esa
trascendencia; o el excelente “Paseo en
qué lugar” donde el último verso: “y cuanto más me abismo, más me asomo” nos da
una de las claves que van a sostener la lectura final del libro.
Pero no piense
nadie que, ante este particular interés de Vicente Gallego, se ha olvidado de
los temas que viene marcando su poesía: el amor, la amistad o la naturaleza,
acompañados por una adscripción cercana a la poesía del Siglo de Oro. Temas que
constituyen el sostén necesario para poder, a mi juicio, trazar el recorrido de
este nuevo libro sin desprenderse de una compañía conocida que hace, por
compartido, más amable su desarrollo, menos escarpado. En este sentido,
encontramos poemas como el titulado “Miguel Ángel Velasco, vivo en mi corazón”
en el que la recreación del amigo desaparecido está proponiendo, con la
gratitud que otorga la amistad y el cariño compartido, un manifiesto bellísimo
de la comprensión y el amor, rematado por versos como “mi almirante/ montado en
el relámpago/ de la humana pasión, firme en la altura.”
En cualquier
caso, “Mundo dentro del claro” está proponiendo, trufado de un lenguaje pleno
de significado, la fuerza y la inteligencia de uno de nuestros poetas más
representativo, el espíritu de conquista que la poesía del valenciano va
fomentando en cada una de sus entregas, el poso que ha dejado ya un compromiso
verdadero con la comunicación que es, en su propia dimensión, el vehículo para
llevar lejos la idea madre de buena parte de este libro.
Una idea madre
que surge del estudio y la aproximación a esa conciencia viva que sostiene en
un ensayo de pronta aparición titulado “ Para ofrecer la rosa” y que es, en su
conjunto, una defensa apasionada sobre la naturaleza no dual de la realidad,
una verdadera aproximación a la particular teología que sostiene sus más
recientes preocupaciones.
Los lectores que
han acudido a la poesía de Vicente Gallego en su ya dilatada carrera,
descubrirán, sin lugar a duda, los planteamientos que la han hecho madura, la
fuerza que la ha conquistado, el compromiso que la ha mantenido y empujado,
pero también un nuevo espacio donde seguir la senda de verdad que nos propone.
“Así has llegado a ser, dura en tu luz,/ fuego al fin sin cenizas, sin motivos/
desnuda y seca, seca/ como la misma muerte,/ como la muerte entera, mi
alegría.”, para llamar al mundo por su nombre.

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