domingo, 12 de agosto de 2012


ARMAR LA LUZ. Reflexiones ante la lectura de “Farol de Saturno” de Antonio Martínez Sarrión.

Publicado en el número 743 de Cuadernos Hispanoamericanos



La inmersión que se produce cuando se acude a la lectura de los últimos libros de Antonio Martínez Sarrión (Albacete 1939) deja oxígeno para comprender que, desde las profundidades que el poeta propone, estamos asistiendo a un mundo muy particular, donde las conocidas referencias ideológicas que el manchego maneja son la moneda de cambio, el afeite que construye el perfume que va desarrollando en sus poemas.
La última entrega de este viaje submarino nos viene de la mano de “Farol de Saturno”, un libro a la medida de su mundo, crítico, casi violento con el espacio que le rodea y el que ha contribuido a crear, que contrapone dos polos por los que transita con idéntica soltura.
De un lado, la primera parte titulada “Hábitos de los discípulos de Buda”, constituida por lo que podría ser un largo poema a la medida de otro libro suyo, “Cantil”, donde la ironía toma el camino de la crítica social; y la culpa, nacida de la reflexión, es para ser compartida por el espectador, por los otros, aquellos semejantes que han tomado la determinación de ser distintos.
Sarrión va desmenuzando en esta primera parte, con un equipaje cómodo que guarda la influencia de los clásicos, en conversación con los difuntos, diría, (Quevedo en su conjunto, pero también Gracián o Lope), una tesis que ya dejaba ver en entregas como “Poeta en Diwan” (2004) o “Cordura” (1999), y que se convierte en “Farol de Saturno” en el fundamento de una ética unipersonal que trata de saltar el territorio del lector para hacerse universal.
En este espacio por el que transita, podemos ir acompañados de versos que describen comportamientos a la medida de una veta moral común que prolifera en nuestros días, de, en boca del poeta, cretinos que demuestran la rudeza y hostilidad de ese mundo foráneo que va trazando en cada verso, un mundo a la medida de la envidia, la legitimidad para herir o la conducta generalizada de impedir todo aquello que no sea para beneficio, entre otros, del capital, tremendo dislate de las sociedades del siglo XXI, sin despreciar alguna escondida crítica a los “poetas del silencio”.
Pero Sarrión salva las circunstancias con esta incursión en lo que, para él, forma parte del núcleo duro de esos discípulos de Buda, con salidas críticas que allanan el camino de la comprensión de las tesis que maneja el poeta. Salidas como la que deja en el poema “No se jactan” donde ante lo que llama “esta metástasis/ de mentecatos y de dominguillos/ que, más allá de sus propias boñigas/ sólo hablan del mirífico mercado/ de que tiene el móvil descargado/ o de las series norteamericanas.”, propone una escafandra de buzo para salir de casa.
En definitiva, una primera parte muy atrevida, comprometida en su conjunto, en pie de guerra, que fortalece el terreno de la crítica social donde el intelectual no compadrea con el mundo que lo atenaza, sino que toma distancia suficiente, y que propone una salida, con un lenguaje entre clásico y acompañado a los tiempos en los que vivimos (alguna referencia a las hemerotecas con frases que acuñó la clase política española más reciente), pero, en cualquier caso, fecundo, sujeto a esas exhibiciones a las que el poeta nos viene acostumbrando.
El segundo territorio submarino que presenta,  viene de la mano de algunas referencias a libros emblemáticos como “Teatro de operaciones” (1967 y reeditado en 2010), aquel primer libro que el manchego pone en circulación, y que dispuso una sensibilidad donde el recuerdo y los elementos que inundaron su infancia saltan al verso para construir un mundo en yuxtaposiciones, a la medida de su propio aprendizaje sentimental, un recorrido, éste, inmediatamente anterior al Sarrión más culturalista, al “novísimo”.
Con poemas como “Regadera”, el primero con el que arranca esta parte de “Farol de Saturno”, el poeta nos está proponiendo esa incursión en los territorios de la infancia a la que he hecho referencia, para dejarnos descansar de las prisas del mundo. Una incursión que tiene como particularidad que viene fomentada por objetos, elementos que el recuerdo va trayendo a la memoria en una etnografía del territorio que acompaña a la época. La regadera de latón con la que la ducha del verano pareciera una invocación del paraíso, o el rastrillo abandonado en un campo de maíz, o el tiempo lento acariciado en una referencia a la siesta de un perro, o el protagonismo del tebeo en los resortes intelectuales de la infancia.
Todo ello con hondura moral, ironía, concesiones al desencanto que van acercando al poeta que ya se nos ha presentado en la primera parte del libro. Y todo ello, a su vez, con una coda final donde se contiene buena parte de la determinación de Sarrión en la escritura del libro, un poema que dice “Viento de otoño, Nubes ya invernales. Postrer milagro que el último grillo/ logra con su cri-cri,/ sin más propósito,/ ni más postulación de un “yo” ridículo./ De tal modo celebra lo que fue/ su conexión al Todo/ que se verificó con el mínimo coste./
Antonio Martínez Sarrión tiene, ahora, que intentar defender un libro complejo en la defensa de su armazón, pero, sin duda, una entrega muy considerable de la manejabilidad del verso del manchego, de la ruina moral que atenaza el mundo, de los valores internos de un poeta que apuesta firmemente por los nuevos-viejos asuntos de su poesía, aunque en ocasiones estos sean, para el común de los lectores, ignotos.

EL CUARTO QUE COINCIDE CON UN LIBRO.

RESEÑA DEL LIBRO DE ÁLVARO GARCÍA “CANCIÓN EN BLANCO”, XXIV PREMIO LOEWE DE POESÍA, PUBLICADO POR VISOR (2012)

Publicado en el número 742 de Cuadernos Hispanoamericanos.

Quienes leímos”Caída”, uno de los libros más interesantes de Álvaro García (Málaga, 1965), publicado en el año 2002, descubrimos a un poeta de largo aliento, donde la poesía iba construyendo un mundo largo de palabras que daba cabida a la memoria, a la desesperanza y a la posibilidad de salvación como un lenguaje elemental en la propuesta que el poeta malagueño nos ofrecía. Su búsqueda era la búsqueda de un discurso mayor que estaba sedimentando lo que luego sería su producción poética, su mundo a través de un último libro llamado “El río de agua”, publicado en 2005.
Atrás quedaron las preocupaciones que Álvaro estaba intercalando en su manera de acercarse a un trabajo meticuloso, de juegos del lenguaje y hallazgos más o menos afortunados, para dar luz a un registro nuevo, donde la verdad y la vida, esos dos elementos del coraje, se mantiene firmes y definitivos, tan firmes y tan definitivos como la propia existencia.
La verdad y la vida que Álvaro García proponía en “Caída” eran de mudanza, de retiro consciente hacia los refugios donde nada puede hacernos daño. Los versos del libro escondían momentos de destrucción y de incertidumbre, de una identidad aplastada por las circunstancias que, a duras penas, intentaba sobrevivir al desasosiego.
Con esa propuesta entre las manos, el poeta estaba ya dando espacio a este otro libro que hoy reseñamos; tanto que la recomendación evidente sería la de dejarse en la lectura del primero antes de iniciar ésta.
Porque “Canción en blanco”, que ha obtenido el premio de poesía de la Fundación Loewe, podría ser la segunda entrega de aquél otro que dormía ya en los anaqueles de las librerías, una entrega que revive, en cierta medida, los resortes que animaron a la escritura del primero para darnos, esta vez en el espacio de lo celebratorio, un libro mayor, también de largo aliento, donde un solo poema va marcando el territorio de García como un recuerdo de algunos elementos que marcaron la escritura de “Caída”
Encontramos, pues, el mar, la habitación como un lugar propicio, el amor esta vez presente y en constante presencia, la reflexión que abraza la existencia del poeta, como elementos que han vuelto a su mundo personal para alejarlos del sentimiento antiguo que los jalonaba.
Este es un libro donde la mirada poética nace del yo hacia el vosotros con la intención de abandonar, consciente de dicho abandono, la utilidad de lo personal para mirar hacia fuera. Quiero decir que el poeta se ha desprendido del refugio personal, de ese dolor no compartido, para trazar el camino nuevo con la idea de abrir el espacio de la mirada, como si su intención fuera desplazar el mundo de sus preocupaciones, aliviadas las propias, en las de los otros.
Al margen de alguna sensación de inconexión, quizá debido a una incursión muy medida en la escritura automática, asunto que no desmerece la obra, Álvaro García mantiene dos planos de acción claramente diferenciados: De un lado, una relación personal, eminentemente cercana, que marca el fondo de una conversación compartida (la figura femenina presente es en este libro la partener necesaria para su caudal reflexivo al contrario, como ya vimos, que en “Caída”). De otro lado, el pilar que sostiene el edificio de su propia reflexión ante el mundo, como grupos humanos que pasan, de una filosofía de lo otro descubierta para descubrirse.
Milimétricamente expuesta la una y la otra, el lector tienen la sensación de medir bien los momentos que vienen ocupando los dos planos que el poeta describe, con un ritmo bien asumido en la lectura. En lo formal, y apoyando la tesis que se defiende, encontramos, además de los endecasílabos por los que transitaba “Caída”, la aparición del heptasílabo y el pentasílabo que hacen más dinámico el ritmo del poema. Un dinamismo que coincide con esta nueva propuesta en donde el mundo planteado por Álvaro García es, de alguna manera, más abierto y luminoso.
Entretanto, versos que van marcando la calidad poética, versos como “Las víctimas que no están en su tumba/ están en la memoria/ de la ciudad que no pudo salvarlas”. O, en el plano de relación personal, “es nuestra paz que alarga el irse el sol/ tras las agujas altas de los árboles.” O el excelente verso de cierre: “La muerte tendrá dentro memoria de un sol vivo”.
“Canción en blanco”, publicado por Visor, es un paso más en el recorrido poético de un escritor a tener en cuenta, no sólo por su trayectoria pasada, por las notables traducciones de poetas como Larkin o Auden, por las tesis que sostiene sus ensayos , sino también por la intensidad de una luz que, todavía, no ha mostrado su verdadera plenitud. 

domingo, 20 de mayo de 2012




En homenaje al maestro Carlos Fuentes, os dejo un artículo reseña de su último ensayo "La Gran Novela Latinoamericana" y un apéndice dedicado a "Carolina Grau" que publiqué en la revista Cuadernos Hispanoamericanos hace unos meses.



EL GRAN ASUNTO HISPANOAMERICANO


A propósito de la lectura del libro de Carlos Fuentes “La gran novela latinoamericana” (Alfaguara, 2011. 439 páginas)

Construir la historia de un continente como el hispanoamericano desde su literatura es, en principio, una tarea que requiere un espacio demasiado amplio para ser abarcado. Los flujos intelectuales que el continente ha recibido desde la conquista de sus tierras han propiciado una integración profunda de las raíces españolas, indias y africanas en los primeros envites de la producción literaria de los países que lo conforman, asistiendo, en su análisis, a recorridos largos que asimilan los sabores y olores de las culturas del viejo continente, con maridajes (permítanme el término) que han propiciado un buen número de implicaciones culturales, en la misma medida que han desarrollado civilizaciones.

Desde esta apasionante tarea es desde donde Carlos Fuentes ha edificado un proyecto que, más que un acercamiento a la literatura hispanoamericana, es un proyecto de definición sociológica y política, un trabajo de aproximación global a las particulares condiciones de vida y obra de los hombres y mujeres que han ido desarrollando el ámbito cultural hispanoamericano, su complejo sistema de desarrollo y su afán por el aprovisionamiento y la asimilación de las conductas que han hecho de él lo que ahora es.

Iniciar la lectura de “La gran novela latinoamericana” (Alfaguara, 2011) como un ensayo que trataría de acercar determinadas figuras de su literatura al ámbito lector sería quedarse en las puertas de un complejo entramado de valores y opiniones fundamentadas, de cánones literarios, sí, pero también de filosofía y política a partes iguales.

Porque el libro que ahora comentamos arranca con los primeros resortes hacia una literatura, identificada con una cultura colonial, que principia Bernal Díaz del Castillo, en lo que podemos entender como la primera novela de la conquista, la épica revelación intelectual del mundo nuevo, la pulsión ante el Nuevo Mundo, pero también la historia de un pueblo sometido a Moctezuma y un Hernán Cortes vencedor y, a su vez, dominado por las profundidades de la tierra que conquista.

Se dan en este contexto, y se analizará a lo largo del libro, una relación directa entre el mito y la historia, entre los valores que despiertan de las referencias míticas de los hombres y la pulsión social que va germinando su presencia. Así podemos aventurarnos a contemplar la dualidad que hace posible estas interpretaciones, la conquista de México y sus valores determinados por la Naturaleza, dejarnos llevar por los versos de Sor Juana Inés de la Cruz o del brasileño Machado de Assis, y asistir también a la descripción necesaria del inicio y crecimiento posterior del Brasil y su relación con el territorio literario de La Mancha. En definitiva, la epopeya de los pueblos, desde el siglo XVI hasta los últimos acontecimientos del XXI, hecha literatura para hacerla colectiva.

A su vez, y dentro de estos hitos que Fuentes nos va presentando, asistimos a períodos de conquista y de crecimiento del continente desde claras referencias, que no por conocidas deben  ser obviadas, a los valores políticos que llegan a descansar en América de la mano del Renacimiento, primero, y del Barroco como elementos necesarios para entender ese maridaje que la conquista del Nuevo Mundo llevó a las tierras conquistadas. Esa pulsión barroca es calve para empezar a entender lo que el autor nos está proponiendo.

De un lado, la figura de Maquiavelo como referente político en la labor de conquista, pero también Erasmo o Tomás Moro y su Utopía, que podríamos decir que es el leit motiv del libro de Fuentes, una utopía (no lugar) convertida en topía con la conquista del Nuevo Mundo donde la referencia platónica es evidente; o Holderlin y el romanticismo nacido de los resortes primeros de la Revolución Francesa, y un deseo, en su conjunto, de concretar en las tierras conquistadas las reflexiones nacidas de la filosofía de los grandes pensadores.

América, dice Fuentes, era un continente para hacer descansar sobre él aquello que no se pudo conseguir en el viejo continente, un espacio para poner en práctica, no sólo los asuntos nacidos de la política de conquista, sino también el grueso intelectual de los que creían que otra manera de Estado era posible.

Y sobre esta plataforma que sostiene el primer análisis, Fuentes va recorriendo los aspectos sociológicos y políticos, amén de literarios, que van marcando el recorrido de sus autores, que van sedimentando las actitudes de los habitantes que conforman el vasto continente, que van formalizando una presencia viva en la importancia de la literatura hispanoamericana, en el lenguaje común que otorga carta de naturaleza a las descripciones y las crónicas, en ese Nuevo Mundo que era naturaleza y, ahora además, es también lengua común. En su ensayo sobre la dimensión de la novela hispanoamericana, Alejo Carpentier nos dice, en relación con lo que él llama un espíritu común que ha unificado las acciones del continente: “Estado de espíritu bien anclado en la violencia, que desconoce el humor sutil, que lleva un sentido dramático de las cosas y que ha empujado pueblos disímiles que, sin embargo, hablan una sola lengua, hacia las mismas expansiones y los mismos excesos, tanto en la poesía como en la política, en la construcción de una ciudad como en el entusiasmo por un movimiento literario francés”. 

Lezama, Rómulo Gallegos, el mismo Machado de Assis , Cortazar, Borges o Rulfo en referencias obligadas a lo largo de toda la obra, Cervantes, Dostoievski, Diderot, Shakespeare, Adorno o Joyce, como flujos necesarios para entender el complejo entramado de la literatura, y los hitos que completan el canon de Fuentes: Carpentier, Onetti, García Márquez, Mario Vargas, Donoso o el español Juan Goytisolo, son los espacios que el autor de “La gran novela latinoamericana” destina para acompañar al lector no avisado al complejo mundo de la ficción, pero también al desarrollo global de la civilización americana, la que comparte el castellano como exponente fundamental, la que, a mi juicio, lo fundamenta.  También es cierto que la presencia de algunas ausencias contribuiría a tener una visión más de conjunto en la aportación nutrida de autores y libros que aparecen en el texto de Fuentes, la toma en consideración de algunos de ellos (hablo de Cabrera Infante, Monterroso o Bolaño, por poner sólo tres ejemplos) aportaría recorrido y afirmación en buena parte de las tesis que se defienden en el libro.

“La gran novela latinoamericana” es, sin duda, un viaje por las estructuras narrativas y sociales de los autores que Fuentes propone, un periplo que clava sus raíces en la tierra que, desde los cantos de conquista y las primeras novelas que daban cuenta de la épica de los conquistadores, ha ido sedimentando, no sólo los estratos propicios para que el boom naciera, sino también las idas y venidas de su construcción ética que pone de manifiesto un certificado de calidad en la historia.

La polémica (todo canon lo es) inclusión de los autores que pertenecen a la última generación literaria  latinoamericana ocupa, no obstante, una parte significativa de lo que ha supuesto el largo recorrido que Fuentes nos expone en su libro. La generación del Crack que impone una suerte de contestación crítica a sus antecesores reivindicando su espacio ante una nueva creación y apadrinada por el autor del libro que comentamos, concita en sus filas a nombres como Xavier Velasco, Cristina Rivera, Jorge Volpi o Ignacio Padilla, entre otros. O el Post- Boom, con nombres como los de Tomás Eloy Martínez o David Viñas, descrito por el autor de este ensayo como la desaparición, no del indio ni de la naturaleza, sino de la ciudad y sus habitantes, con claro protagonismo de la violencia como forma de vida, una violencia nacida en la ciudad para hacerla, como dice Fuentes, desaparecer; una ley pendular que arrastra los primeros hitos de conquista del Nuevo Mundo, una ley perdurable que aporta contenido a la literatura.

Consideraciones morales sobre la literatura que expande en el siglo XXI la semilla de la literatura madre, forman también parte del contexto crítico de la obra de Fuentes, con una importante reivindicación de lo que se da en llamar novela de ida y vuelta, y una preocupante dispersión del hecho literario en Hispanoamérica, o de la recepción, con todas las reservas (habría que considerar esa falta de recepción que Fuentes reseña), de sus autores en España.

En definitiva, “La gran novela latinoamericana” de Carlos Fuentes es un compendio, no enciclopédico, de la asimilación en el ámbito literario de los procesos humanos que han cuajado el continente, dando carta de naturaleza a estos procesos, ficcionándolos o describiéndolos, traicionándolos o elevándolos a la categoría de totales., haciéndolos mito o historia,  pero amparados en dos razones que les han dado la vida y su desarrollo futuro: la lengua común y ese territorio de La Mancha que describe, con Cervantes como exponente, el maridaje de todas sus culturas.

…Y CAROLINA GRAU.

Coincidiendo con la publicación del libro antes reseñado, Carlos Fuentes publica para los lectores españoles un conjunto de ocho relatos, reunidos bajo el título de “Carolina Grau”, que recorren, desde la complejidad del mundo narrativo de Fuentes, la intrahistoria de sus personajes, con incursiones en un juego narrativo donde Carolina Grau es la referencia fundamental para dotar de unidad al conjunto.

Desde el monólogo interior del prisionero del castillo de If, en clara referencia a Edmond Dantés y José Custodio de Faria, con una revisión muy `particular de la historia, pasando por la dureza del mundo emocional del poeta Leopardi, asistimos al cómputo total de las emociones que no dejan indiferente al lector, donde los espejos en “La tumba de Leopardi”, unos espejos que ayudan a la recreación de il gobbo de Recanati de manera casi fotográfica, o las atribuciones al realismo mágico en “Brillante”, asoman en el contexto que propician las reflexiones de los personajes 

Carolina Grau puede entenderse como un libro donde las vibraciones de los relatos son tratadas de manera independiente, pero también, y de ahí la referencia recurrente de los distintos estados de Carolina Grau, abordar su lectura como una pequeña novela cuyo conflicto principal sería, a mi modo de ver, la necesidad de abarcar el mundo de la psicología de los hombres desde los diferentes estadios que Fuentes propone. El encierro personal, los sueños de libertad y la predestinación son tres de las referencias más trasparentes que transitan en cada uno de los relatos.

Así, podemos augurar la incursión en el psicoanálisis en prácticamente la totalidad de los relatos, auspiciado por complejas formas narrativas que invitan a un estudio pausado de cada una de las situaciones y los conflictos que propone el mexicano. La pregunta es uno de los recursos más utilizados por Fuentes, una pregunta que lleva, acaso como en la mayéutica socrática, a ir abriendo el camino del conocimiento, un conocimiento duradero que hará que cada situación repose en el contexto de la comprensión lectora.

“Carolina Grau”, ya publicada en la misma editorial en México el pasado año, no abandona los grandes elementos que han hecho del escritor una consigna ante sus lectores, con una utilización del lenguaje que no es tan sólo una muestra de sus capacidades narrativas, sino el camino que nos lleva a pensar más allá del la anécdota. “Carolina Grau” queda, entonces, en las manos de los lectores para identificar cuál o cuáles son los resortes que mueven al personaje más allá de las páginas del libro, una intención de apertura narrativa, pero también emocional que nos sitúa al alcance de lo que todos guardamos en nuestro interior.  

viernes, 4 de mayo de 2012

EL MUNDO DENTRO DE VICENTE GALLEGO.


“Mundo dentro del claro”
Vicente Gallego
Editorial Tusquets (Nuevos textos sagrados)
Barcelona 2012
109 páginas
Publicado en el número 741 de "Cuadernos Hispanoamericanos"

La búsqueda de los elementos de la realidad que construyen un poema, su material naturaleza, ha dado en Vicente Gallego un largo recorrido de calidad que ha ido completando su mundo, que lo ha puesto a la altura de la mejor poesía escrita en castellano de los últimos años, ofreciendo al lector diferentes etapas, conclusiones diferentes, para trazar un recorrido sólido para el paso de quien transita su obra.
Después de sus primeros libros, entre los que cabe destacar, por lo que supuso para la incursión de la poesía hecha en Valencia en el panorama literario de nuestro país, “La luz, de otra manera” publicado en 1988, Gallego ha puesto de manifiesto esa necesidad de exploración sin la cual queda lejos el hallazgo, sin la que la obra puede perecer en un mar desde el que cualquier singladura puede resultar un mero cabotaje, para ir trasmitiendo una necesidad de comunicación ante el gran descubrimiento.
Pero no un descubrimiento particular, poco comunicable, sino un conocimiento que desciende hasta el lector como una entrega de luz nítida y armónica que ilumina su lectura.
Libros como “Santa deriva” (2002) o el fabuloso experimento de traslación de las inquietudes del poeta al lenguaje del renacimiento y el barroco desbordados en “Cantar de ciego” (2005), o “Si temierais morir” ((2008) están proponiendo hitos que ponen de manifiesto la solidez de interpretación del mundo que rodea a Gallego como ya dije más arriba, un mundo que parte, en la mayoría de ocasiones, de un caudal sensitivo, particular y único, para hacerlo poesía compartida.
Este quizá sea uno de los resortes de la obra del poeta valenciano. De un lado, la necesidad de comunicación de las sensaciones, su dificultad en la expresión escrita, nos hace acudir a un lenguaje particular que se adueña de la adjetivación, de un viaje al fondo del concepto, como ha manifestado en ocasiones, para trascender al mundo de los sentidos. De otro, la facilidad con la que esos mismos asuntos van trazando líneas de recorrido universal en las que reconocemos buena parte de nuestro destino. Porque esa universalidad es, a la vez, individual y colectiva, y, por tanto, bien reconocible.
“Mundo dentro del claro”, libro de reciente aparición, no es menos que las últimas entregas de Vicente Gallego; y, por no ser menos, también es un paso más hacia la cima que se empeña en buscar el poeta. Su particular interés por una cierta metafísica, ya descubierto en “Si temierais morir”, empuja cada resorte hacia territorios que trascienden del hecho observado, hacia un vacío que se experimenta como una sensación única de gozo desde la que hacer descansar las cosas del mundo.
Este nuevo acicate nos hace ver de qué manera la poesía de Gallego ha roto en una dirección más particularmente animista, descargándose de la idea fundamentada en  el paso del tiempo para recalar en el tiempo único, por decirlo de algún modo, abriendo el libro con versos como “En el alma vacía, qué lozanos/ se dibujan los cielos, cómo crecen/ las flores inmortales, los trabajos/ del hombre, qué livianos/ los afectos brindados sin doblez. Una declaración de intenciones que en el libro va justificando su escritura.
“Mundo dentro del claro” está plagado de asertos que viene a definir las preocupaciones del poeta, el misticismo que lo acompaña desde hace algún tiempo: El hombre trascendido de su estructura, afirmado en el vacío, puro y eterno ante los sentidos. Ejemplos a esta tesis pueden ser poemas tales como “Quien la encuentre” donde una rama de hinojo puede ser el alimento necesario para esa trascendencia; o el  excelente “Paseo en qué lugar” donde el último verso: “y cuanto más me abismo, más me asomo” nos da una de las claves que van a sostener la lectura final del libro.
Pero no piense nadie que, ante este particular interés de Vicente Gallego, se ha olvidado de los temas que viene marcando su poesía: el amor, la amistad o la naturaleza, acompañados por una adscripción cercana a la poesía del Siglo de Oro. Temas que constituyen el sostén necesario para poder, a mi juicio, trazar el recorrido de este nuevo libro sin desprenderse de una compañía conocida que hace, por compartido, más amable su desarrollo, menos escarpado. En este sentido, encontramos poemas como el titulado “Miguel Ángel Velasco, vivo en mi corazón” en el que la recreación del amigo desaparecido está proponiendo, con la gratitud que otorga la amistad y el cariño compartido, un manifiesto bellísimo de la comprensión y el amor, rematado por versos como “mi almirante/ montado en el relámpago/ de la humana pasión, firme en la altura.”

En cualquier caso, “Mundo dentro del claro” está proponiendo, trufado de un lenguaje pleno de significado, la fuerza y la inteligencia de uno de nuestros poetas más representativo, el espíritu de conquista que la poesía del valenciano va fomentando en cada una de sus entregas, el poso que ha dejado ya un compromiso verdadero con la comunicación que es, en su propia dimensión, el vehículo para llevar lejos la idea madre de buena parte de este libro.
Una idea madre que surge del estudio y la aproximación a esa conciencia viva que sostiene en un ensayo de pronta aparición titulado “ Para ofrecer la rosa” y que es, en su conjunto, una defensa apasionada sobre la naturaleza no dual de la realidad, una verdadera aproximación a la particular teología que sostiene sus más recientes preocupaciones.

Los lectores que han acudido a la poesía de Vicente Gallego en su ya dilatada carrera, descubrirán, sin lugar a duda, los planteamientos que la han hecho madura, la fuerza que la ha conquistado, el compromiso que la ha mantenido y empujado, pero también un nuevo espacio donde seguir la senda de verdad que nos propone. “Así has llegado a ser, dura en tu luz,/ fuego al fin sin cenizas, sin motivos/ desnuda y seca, seca/ como la misma muerte,/ como la muerte entera, mi alegría.”, para llamar al mundo por su nombre.  

MÁS CARDENAL.

Después de recibida la noticia del Premio de Poesía Reina Sofía, el poeta Ernesto Cardenal ha descrito la poesía española con una frase que, cuando menos, vaticina polémica dentro de los espacios que la poesía escrita en castellano ocupa. Cardenal ha dicho que la poesía en castellano no está muy bien, refiriéndose a la falta de ideas que mueve, en estos últimos años, el mensaje poético por parte de los grupos, generaciones o individuos que practican el noble arte de la escritura poética, no sólo en España, sino también en Hispanoamérica.
La frase de Cardenal, aun obedeciendo a una convicción propia de quien ha sedimentado su escritura con un afecto claro a la contestación y el desaliento social y político, no deja de tener un poso de sinceridad incómoda para quienes en este momento de la historia de la literatura, siguen utilizando los mismos resortes que ya se vienen utilizando durante demasiado tiempo. Pero es que los cambios no están tampoco en la poesía de Cardenal, no es esa manera de entender el mundo la que progresa de manera útil en el recorrido de la comunicación poética, quizá porque el tiempo pasa inexorablemente y nadie está en la posesión absoluta de la verdad en este presente convulso, abigarrado y, cómo no, heterodoxo
De esta manera, y ante estas opiniones, no es de extrañar que buena parte de los poetas que escriben en nuestra lengua sientan que se está abriendo un camino de denuncia contra la generación anterior que vinculaba la acción poética con un cierto marxismo identificado, fundamentalmente, por la poesía de la experiencia, para descansar en no se sabe bien qué resortes comunicativos, pero también que las voces que escupen frases lapidarias sobre la buena o mala salud de la poesía escrita en castellano deberían ser, cuando menos, prudentes.
Porque, además, apoyarse en cierta autonomía puede hacer que el autónomo acabe mirando el mundo desde fuera..