
En homenaje al maestro Carlos Fuentes, os dejo un artículo reseña de su último ensayo "La Gran Novela Latinoamericana" y un apéndice dedicado a "Carolina Grau" que publiqué en la revista Cuadernos Hispanoamericanos hace unos meses.
EL GRAN ASUNTO HISPANOAMERICANO
A propósito de
la lectura del libro de Carlos Fuentes “La gran novela latinoamericana”
(Alfaguara, 2011. 439 páginas)
Construir la
historia de un continente como el hispanoamericano desde su literatura es, en
principio, una tarea que requiere un espacio demasiado amplio para ser
abarcado. Los flujos intelectuales que el continente ha recibido desde la
conquista de sus tierras han propiciado una integración profunda de las raíces
españolas, indias y africanas en los primeros envites de la producción
literaria de los países que lo conforman, asistiendo, en su análisis, a
recorridos largos que asimilan los sabores y olores de las culturas del viejo
continente, con maridajes (permítanme el término) que han propiciado un buen
número de implicaciones culturales, en la misma medida que han desarrollado
civilizaciones.
Desde esta
apasionante tarea es desde donde Carlos Fuentes ha edificado un proyecto que,
más que un acercamiento a la literatura hispanoamericana, es un proyecto de
definición sociológica y política, un trabajo de aproximación global a las
particulares condiciones de vida y obra de los hombres y mujeres que han ido
desarrollando el ámbito cultural hispanoamericano, su complejo sistema de
desarrollo y su afán por el aprovisionamiento y la asimilación de las conductas
que han hecho de él lo que ahora es.
Iniciar la
lectura de “La gran novela latinoamericana” (Alfaguara, 2011) como un ensayo
que trataría de acercar determinadas figuras de su literatura al ámbito lector
sería quedarse en las puertas de un complejo entramado de valores y opiniones
fundamentadas, de cánones literarios, sí, pero también de filosofía y política
a partes iguales.
Porque el libro
que ahora comentamos arranca con los primeros resortes hacia una literatura,
identificada con una cultura colonial, que principia Bernal Díaz del Castillo,
en lo que podemos entender como la primera novela de la conquista, la épica
revelación intelectual del mundo nuevo, la pulsión ante el Nuevo Mundo, pero
también la historia de un pueblo sometido a Moctezuma y un Hernán Cortes
vencedor y, a su vez, dominado por las profundidades de la tierra que
conquista.

Se dan en este
contexto, y se analizará a lo largo del libro, una relación directa entre el
mito y la historia, entre los valores que despiertan de las referencias míticas
de los hombres y la pulsión social que va germinando su presencia. Así podemos
aventurarnos a contemplar la dualidad que hace posible estas interpretaciones,
la conquista de México y sus valores determinados por
la Naturaleza, dejarnos
llevar por los versos de Sor Juana Inés de
la Cruz o del brasileño Machado de Assis, y asistir
también a la descripción necesaria del inicio y crecimiento posterior del
Brasil y su relación con el territorio literario de
La Mancha. En definitiva, la
epopeya de los pueblos, desde el siglo XVI hasta los últimos acontecimientos
del XXI, hecha literatura para hacerla colectiva.
A su vez, y
dentro de estos hitos que Fuentes nos va presentando, asistimos a períodos de
conquista y de crecimiento del continente desde claras referencias, que no por
conocidas deben ser obviadas, a los
valores políticos que llegan a descansar en América de la mano del
Renacimiento, primero, y del Barroco como elementos necesarios para entender
ese maridaje que la conquista del Nuevo Mundo llevó a las tierras conquistadas.
Esa pulsión barroca es calve para empezar a entender lo que el autor nos está
proponiendo.
De un lado, la
figura de Maquiavelo como referente político en la labor de conquista, pero
también Erasmo o Tomás Moro y su Utopía, que podríamos decir que es el leit motiv del libro de Fuentes, una
utopía (no lugar) convertida en topía con la conquista del Nuevo Mundo donde la
referencia platónica es evidente; o Holderlin y el romanticismo nacido de los
resortes primeros de la Revolución Francesa,
y un deseo, en su conjunto, de concretar en las tierras conquistadas las
reflexiones nacidas de la filosofía de los grandes pensadores.
América, dice
Fuentes, era un continente para hacer descansar sobre él aquello que no se pudo
conseguir en el viejo continente, un espacio para poner en práctica, no sólo
los asuntos nacidos de la política de conquista, sino también el grueso
intelectual de los que creían que otra manera de Estado era posible.
Y sobre esta
plataforma que sostiene el primer análisis, Fuentes va recorriendo los aspectos
sociológicos y políticos, amén de literarios, que van marcando el recorrido de
sus autores, que van sedimentando las actitudes de los habitantes que conforman
el vasto continente, que van formalizando una presencia viva en la importancia
de la literatura hispanoamericana, en el lenguaje común que otorga carta de
naturaleza a las descripciones y las crónicas, en ese Nuevo Mundo que era naturaleza
y, ahora además, es también lengua común. En su ensayo sobre la dimensión de la
novela hispanoamericana, Alejo Carpentier nos dice, en relación con lo que él
llama un espíritu común que ha unificado las acciones del continente: “Estado
de espíritu bien anclado en la violencia, que desconoce el humor sutil, que
lleva un sentido dramático de las cosas y que ha empujado pueblos disímiles
que, sin embargo, hablan una sola lengua, hacia las mismas expansiones y los
mismos excesos, tanto en la poesía como en la política, en la construcción de
una ciudad como en el entusiasmo por un movimiento literario francés”.
Lezama, Rómulo
Gallegos, el mismo Machado de Assis , Cortazar, Borges o Rulfo en referencias
obligadas a lo largo de toda la obra, Cervantes, Dostoievski, Diderot,
Shakespeare, Adorno o Joyce, como flujos necesarios para entender el complejo
entramado de la literatura, y los hitos que completan el canon de Fuentes:
Carpentier, Onetti, García Márquez, Mario Vargas, Donoso o el español Juan
Goytisolo, son los espacios que el autor de “La gran novela latinoamericana”
destina para acompañar al lector no avisado al complejo mundo de la ficción,
pero también al desarrollo global de la civilización americana, la que comparte
el castellano como exponente fundamental, la que, a mi juicio, lo fundamenta. También es cierto que la presencia de algunas
ausencias contribuiría a tener una visión más de conjunto en la aportación
nutrida de autores y libros que aparecen en el texto de Fuentes, la toma en
consideración de algunos de ellos (hablo de Cabrera Infante, Monterroso o
Bolaño, por poner sólo tres ejemplos) aportaría recorrido y afirmación en buena
parte de las tesis que se defienden en el libro.
“La gran novela
latinoamericana” es, sin duda, un viaje por las estructuras narrativas y
sociales de los autores que Fuentes propone, un periplo que clava sus raíces en
la tierra que, desde los cantos de conquista y las primeras novelas que daban
cuenta de la épica de los conquistadores, ha ido sedimentando, no sólo los estratos
propicios para que el boom naciera, sino
también las idas y venidas de su construcción ética que pone de manifiesto un
certificado de calidad en la historia.
La polémica
(todo canon lo es) inclusión de los autores que pertenecen a la última generación
literaria latinoamericana ocupa, no
obstante, una parte significativa de lo que ha supuesto el largo recorrido que
Fuentes nos expone en su libro. La generación del Crack que impone una suerte de contestación crítica a sus
antecesores reivindicando su espacio ante una nueva creación y apadrinada por
el autor del libro que comentamos, concita en sus filas a nombres como Xavier
Velasco, Cristina Rivera, Jorge Volpi o Ignacio Padilla, entre otros. O el Post- Boom, con nombres como los de
Tomás Eloy Martínez o David Viñas, descrito por el autor de este ensayo como la
desaparición, no del indio ni de la naturaleza, sino de la ciudad y sus
habitantes, con claro protagonismo de la violencia como forma de vida, una
violencia nacida en la ciudad para hacerla, como dice Fuentes, desaparecer; una
ley pendular que arrastra los primeros hitos de conquista del Nuevo Mundo, una
ley perdurable que aporta contenido a la literatura.
Consideraciones
morales sobre la literatura que expande en el siglo XXI la semilla de la
literatura madre, forman también parte del contexto crítico de la obra de Fuentes,
con una importante reivindicación de lo que se da en llamar novela de ida y
vuelta, y una preocupante dispersión del hecho literario en Hispanoamérica, o
de la recepción, con todas las reservas (habría que considerar esa falta de
recepción que Fuentes reseña), de sus autores en España.
En definitiva,
“La gran novela latinoamericana” de Carlos Fuentes es un compendio, no
enciclopédico, de la asimilación en el ámbito literario de los procesos humanos
que han cuajado el continente, dando carta de naturaleza a estos procesos,
ficcionándolos o describiéndolos, traicionándolos o elevándolos a la categoría
de totales., haciéndolos mito o
historia, pero amparados en dos razones
que les han dado la vida y su desarrollo futuro: la lengua común y ese
territorio de La Mancha
que describe, con Cervantes como exponente, el maridaje de todas sus culturas.
…Y CAROLINA GRAU.
Coincidiendo con
la publicación del libro antes reseñado, Carlos Fuentes publica para los
lectores españoles un conjunto de ocho relatos, reunidos bajo el título de
“Carolina Grau”, que recorren, desde la complejidad del mundo narrativo de
Fuentes, la intrahistoria de sus personajes, con incursiones en un juego narrativo
donde Carolina Grau es la referencia fundamental para dotar de unidad al
conjunto.
Desde el
monólogo interior del prisionero del castillo de If, en clara referencia a
Edmond Dantés y José Custodio de Faria, con una revisión muy `particular de la
historia, pasando por la dureza del mundo emocional del poeta Leopardi,
asistimos al cómputo total de las emociones que no dejan indiferente al lector,
donde los espejos en “La tumba de Leopardi”, unos espejos que ayudan a la
recreación de il gobbo de Recanati de
manera casi fotográfica, o las atribuciones al realismo mágico en “Brillante”,
asoman en el contexto que propician las reflexiones de los personajes
Carolina Grau
puede entenderse como un libro donde las vibraciones de los relatos son
tratadas de manera independiente, pero también, y de ahí la referencia
recurrente de los distintos estados de Carolina Grau, abordar su lectura como
una pequeña novela cuyo conflicto principal sería, a mi modo de ver, la
necesidad de abarcar el mundo de la psicología de los hombres desde los
diferentes estadios que Fuentes propone. El encierro personal, los sueños de
libertad y la predestinación son tres de las referencias más trasparentes que
transitan en cada uno de los relatos.
Así, podemos
augurar la incursión en el psicoanálisis en prácticamente la totalidad de los
relatos, auspiciado por complejas formas narrativas que invitan a un estudio
pausado de cada una de las situaciones y los conflictos que propone el
mexicano. La pregunta es uno de los recursos más utilizados por Fuentes, una
pregunta que lleva, acaso como en la mayéutica socrática, a ir abriendo el
camino del conocimiento, un conocimiento duradero que hará que cada situación
repose en el contexto de la comprensión lectora.
“Carolina Grau”,
ya publicada en la misma editorial en México el pasado año, no abandona los
grandes elementos que han hecho del escritor una consigna ante sus lectores,
con una utilización del lenguaje que no es tan sólo una muestra de sus
capacidades narrativas, sino el camino que nos lleva a pensar más allá del la
anécdota. “Carolina Grau” queda, entonces, en las manos de los lectores para
identificar cuál o cuáles son los resortes que mueven al personaje más allá de
las páginas del libro, una intención de apertura narrativa, pero también
emocional que nos sitúa al alcance de lo que todos guardamos en nuestro
interior.