domingo, 12 de agosto de 2012


ARMAR LA LUZ. Reflexiones ante la lectura de “Farol de Saturno” de Antonio Martínez Sarrión.

Publicado en el número 743 de Cuadernos Hispanoamericanos



La inmersión que se produce cuando se acude a la lectura de los últimos libros de Antonio Martínez Sarrión (Albacete 1939) deja oxígeno para comprender que, desde las profundidades que el poeta propone, estamos asistiendo a un mundo muy particular, donde las conocidas referencias ideológicas que el manchego maneja son la moneda de cambio, el afeite que construye el perfume que va desarrollando en sus poemas.
La última entrega de este viaje submarino nos viene de la mano de “Farol de Saturno”, un libro a la medida de su mundo, crítico, casi violento con el espacio que le rodea y el que ha contribuido a crear, que contrapone dos polos por los que transita con idéntica soltura.
De un lado, la primera parte titulada “Hábitos de los discípulos de Buda”, constituida por lo que podría ser un largo poema a la medida de otro libro suyo, “Cantil”, donde la ironía toma el camino de la crítica social; y la culpa, nacida de la reflexión, es para ser compartida por el espectador, por los otros, aquellos semejantes que han tomado la determinación de ser distintos.
Sarrión va desmenuzando en esta primera parte, con un equipaje cómodo que guarda la influencia de los clásicos, en conversación con los difuntos, diría, (Quevedo en su conjunto, pero también Gracián o Lope), una tesis que ya dejaba ver en entregas como “Poeta en Diwan” (2004) o “Cordura” (1999), y que se convierte en “Farol de Saturno” en el fundamento de una ética unipersonal que trata de saltar el territorio del lector para hacerse universal.
En este espacio por el que transita, podemos ir acompañados de versos que describen comportamientos a la medida de una veta moral común que prolifera en nuestros días, de, en boca del poeta, cretinos que demuestran la rudeza y hostilidad de ese mundo foráneo que va trazando en cada verso, un mundo a la medida de la envidia, la legitimidad para herir o la conducta generalizada de impedir todo aquello que no sea para beneficio, entre otros, del capital, tremendo dislate de las sociedades del siglo XXI, sin despreciar alguna escondida crítica a los “poetas del silencio”.
Pero Sarrión salva las circunstancias con esta incursión en lo que, para él, forma parte del núcleo duro de esos discípulos de Buda, con salidas críticas que allanan el camino de la comprensión de las tesis que maneja el poeta. Salidas como la que deja en el poema “No se jactan” donde ante lo que llama “esta metástasis/ de mentecatos y de dominguillos/ que, más allá de sus propias boñigas/ sólo hablan del mirífico mercado/ de que tiene el móvil descargado/ o de las series norteamericanas.”, propone una escafandra de buzo para salir de casa.
En definitiva, una primera parte muy atrevida, comprometida en su conjunto, en pie de guerra, que fortalece el terreno de la crítica social donde el intelectual no compadrea con el mundo que lo atenaza, sino que toma distancia suficiente, y que propone una salida, con un lenguaje entre clásico y acompañado a los tiempos en los que vivimos (alguna referencia a las hemerotecas con frases que acuñó la clase política española más reciente), pero, en cualquier caso, fecundo, sujeto a esas exhibiciones a las que el poeta nos viene acostumbrando.
El segundo territorio submarino que presenta,  viene de la mano de algunas referencias a libros emblemáticos como “Teatro de operaciones” (1967 y reeditado en 2010), aquel primer libro que el manchego pone en circulación, y que dispuso una sensibilidad donde el recuerdo y los elementos que inundaron su infancia saltan al verso para construir un mundo en yuxtaposiciones, a la medida de su propio aprendizaje sentimental, un recorrido, éste, inmediatamente anterior al Sarrión más culturalista, al “novísimo”.
Con poemas como “Regadera”, el primero con el que arranca esta parte de “Farol de Saturno”, el poeta nos está proponiendo esa incursión en los territorios de la infancia a la que he hecho referencia, para dejarnos descansar de las prisas del mundo. Una incursión que tiene como particularidad que viene fomentada por objetos, elementos que el recuerdo va trayendo a la memoria en una etnografía del territorio que acompaña a la época. La regadera de latón con la que la ducha del verano pareciera una invocación del paraíso, o el rastrillo abandonado en un campo de maíz, o el tiempo lento acariciado en una referencia a la siesta de un perro, o el protagonismo del tebeo en los resortes intelectuales de la infancia.
Todo ello con hondura moral, ironía, concesiones al desencanto que van acercando al poeta que ya se nos ha presentado en la primera parte del libro. Y todo ello, a su vez, con una coda final donde se contiene buena parte de la determinación de Sarrión en la escritura del libro, un poema que dice “Viento de otoño, Nubes ya invernales. Postrer milagro que el último grillo/ logra con su cri-cri,/ sin más propósito,/ ni más postulación de un “yo” ridículo./ De tal modo celebra lo que fue/ su conexión al Todo/ que se verificó con el mínimo coste./
Antonio Martínez Sarrión tiene, ahora, que intentar defender un libro complejo en la defensa de su armazón, pero, sin duda, una entrega muy considerable de la manejabilidad del verso del manchego, de la ruina moral que atenaza el mundo, de los valores internos de un poeta que apuesta firmemente por los nuevos-viejos asuntos de su poesía, aunque en ocasiones estos sean, para el común de los lectores, ignotos.

EL CUARTO QUE COINCIDE CON UN LIBRO.

RESEÑA DEL LIBRO DE ÁLVARO GARCÍA “CANCIÓN EN BLANCO”, XXIV PREMIO LOEWE DE POESÍA, PUBLICADO POR VISOR (2012)

Publicado en el número 742 de Cuadernos Hispanoamericanos.

Quienes leímos”Caída”, uno de los libros más interesantes de Álvaro García (Málaga, 1965), publicado en el año 2002, descubrimos a un poeta de largo aliento, donde la poesía iba construyendo un mundo largo de palabras que daba cabida a la memoria, a la desesperanza y a la posibilidad de salvación como un lenguaje elemental en la propuesta que el poeta malagueño nos ofrecía. Su búsqueda era la búsqueda de un discurso mayor que estaba sedimentando lo que luego sería su producción poética, su mundo a través de un último libro llamado “El río de agua”, publicado en 2005.
Atrás quedaron las preocupaciones que Álvaro estaba intercalando en su manera de acercarse a un trabajo meticuloso, de juegos del lenguaje y hallazgos más o menos afortunados, para dar luz a un registro nuevo, donde la verdad y la vida, esos dos elementos del coraje, se mantiene firmes y definitivos, tan firmes y tan definitivos como la propia existencia.
La verdad y la vida que Álvaro García proponía en “Caída” eran de mudanza, de retiro consciente hacia los refugios donde nada puede hacernos daño. Los versos del libro escondían momentos de destrucción y de incertidumbre, de una identidad aplastada por las circunstancias que, a duras penas, intentaba sobrevivir al desasosiego.
Con esa propuesta entre las manos, el poeta estaba ya dando espacio a este otro libro que hoy reseñamos; tanto que la recomendación evidente sería la de dejarse en la lectura del primero antes de iniciar ésta.
Porque “Canción en blanco”, que ha obtenido el premio de poesía de la Fundación Loewe, podría ser la segunda entrega de aquél otro que dormía ya en los anaqueles de las librerías, una entrega que revive, en cierta medida, los resortes que animaron a la escritura del primero para darnos, esta vez en el espacio de lo celebratorio, un libro mayor, también de largo aliento, donde un solo poema va marcando el territorio de García como un recuerdo de algunos elementos que marcaron la escritura de “Caída”
Encontramos, pues, el mar, la habitación como un lugar propicio, el amor esta vez presente y en constante presencia, la reflexión que abraza la existencia del poeta, como elementos que han vuelto a su mundo personal para alejarlos del sentimiento antiguo que los jalonaba.
Este es un libro donde la mirada poética nace del yo hacia el vosotros con la intención de abandonar, consciente de dicho abandono, la utilidad de lo personal para mirar hacia fuera. Quiero decir que el poeta se ha desprendido del refugio personal, de ese dolor no compartido, para trazar el camino nuevo con la idea de abrir el espacio de la mirada, como si su intención fuera desplazar el mundo de sus preocupaciones, aliviadas las propias, en las de los otros.
Al margen de alguna sensación de inconexión, quizá debido a una incursión muy medida en la escritura automática, asunto que no desmerece la obra, Álvaro García mantiene dos planos de acción claramente diferenciados: De un lado, una relación personal, eminentemente cercana, que marca el fondo de una conversación compartida (la figura femenina presente es en este libro la partener necesaria para su caudal reflexivo al contrario, como ya vimos, que en “Caída”). De otro lado, el pilar que sostiene el edificio de su propia reflexión ante el mundo, como grupos humanos que pasan, de una filosofía de lo otro descubierta para descubrirse.
Milimétricamente expuesta la una y la otra, el lector tienen la sensación de medir bien los momentos que vienen ocupando los dos planos que el poeta describe, con un ritmo bien asumido en la lectura. En lo formal, y apoyando la tesis que se defiende, encontramos, además de los endecasílabos por los que transitaba “Caída”, la aparición del heptasílabo y el pentasílabo que hacen más dinámico el ritmo del poema. Un dinamismo que coincide con esta nueva propuesta en donde el mundo planteado por Álvaro García es, de alguna manera, más abierto y luminoso.
Entretanto, versos que van marcando la calidad poética, versos como “Las víctimas que no están en su tumba/ están en la memoria/ de la ciudad que no pudo salvarlas”. O, en el plano de relación personal, “es nuestra paz que alarga el irse el sol/ tras las agujas altas de los árboles.” O el excelente verso de cierre: “La muerte tendrá dentro memoria de un sol vivo”.
“Canción en blanco”, publicado por Visor, es un paso más en el recorrido poético de un escritor a tener en cuenta, no sólo por su trayectoria pasada, por las notables traducciones de poetas como Larkin o Auden, por las tesis que sostiene sus ensayos , sino también por la intensidad de una luz que, todavía, no ha mostrado su verdadera plenitud.