ARMAR LA LUZ. Reflexiones
ante la lectura de “Farol de Saturno” de Antonio Martínez Sarrión.
Publicado en el número 743 de Cuadernos Hispanoamericanos
La inmersión que se produce cuando se acude a la lectura de los últimos
libros de Antonio Martínez Sarrión (Albacete 1939) deja oxígeno para comprender
que, desde las profundidades que el poeta propone, estamos asistiendo a un
mundo muy particular, donde las conocidas referencias ideológicas que el manchego
maneja son la moneda de cambio, el afeite que construye el perfume que va
desarrollando en sus poemas.
La última entrega de este viaje submarino nos viene de la mano de “Farol
de Saturno”, un libro a la medida de su mundo, crítico, casi violento con el espacio
que le rodea y el que ha contribuido a crear, que contrapone dos polos por los
que transita con idéntica soltura.
De un lado, la primera parte titulada “Hábitos de los discípulos de Buda”,
constituida por lo que podría ser un largo poema a la medida de otro libro
suyo, “Cantil”, donde la ironía toma el camino de la crítica social; y la
culpa, nacida de la reflexión, es para ser compartida por el espectador, por
los otros, aquellos semejantes que han tomado la determinación de ser
distintos.
Sarrión va desmenuzando en esta primera parte, con un equipaje cómodo que
guarda la influencia de los clásicos, en conversación con los difuntos, diría,
(Quevedo en su conjunto, pero también Gracián o Lope), una tesis que ya dejaba
ver en entregas como “Poeta en Diwan” (2004) o “Cordura” (1999), y que se
convierte en “Farol de Saturno” en el fundamento de una ética unipersonal que
trata de saltar el territorio del lector para hacerse universal.
En este espacio por el que transita, podemos ir acompañados de versos que
describen comportamientos a la medida de una veta moral común que prolifera en
nuestros días, de, en boca del poeta, cretinos que demuestran la rudeza y
hostilidad de ese mundo foráneo que va trazando en cada verso, un mundo a la
medida de la envidia, la legitimidad para herir o la conducta generalizada de
impedir todo aquello que no sea para beneficio, entre otros, del capital,
tremendo dislate de las sociedades del siglo XXI, sin despreciar alguna
escondida crítica a los “poetas del silencio”.
Pero Sarrión salva las circunstancias con esta incursión en lo que, para
él, forma parte del núcleo duro de esos discípulos de Buda, con salidas
críticas que allanan el camino de la comprensión de las tesis que maneja el
poeta. Salidas como la que deja en el poema “No se jactan” donde ante lo que
llama “esta metástasis/ de mentecatos y de dominguillos/ que, más allá de sus
propias boñigas/ sólo hablan del mirífico mercado/ de que tiene el móvil
descargado/ o de las series norteamericanas.”, propone una escafandra de buzo
para salir de casa.
En definitiva, una primera parte muy atrevida, comprometida en su
conjunto, en pie de guerra, que fortalece el terreno de la crítica social donde
el intelectual no compadrea con el mundo que lo atenaza, sino que toma
distancia suficiente, y que propone una salida, con un lenguaje entre clásico y
acompañado a los tiempos en los que vivimos (alguna referencia a las hemerotecas
con frases que acuñó la clase política española más reciente), pero, en
cualquier caso, fecundo, sujeto a esas exhibiciones a las que el poeta nos
viene acostumbrando.
El segundo territorio submarino que presenta, viene de la mano de algunas referencias a
libros emblemáticos como “Teatro de operaciones” (1967 y reeditado en 2010),
aquel primer libro que el manchego pone en circulación, y que dispuso una
sensibilidad donde el recuerdo y los elementos que inundaron su infancia saltan
al verso para construir un mundo en yuxtaposiciones, a la medida de su propio
aprendizaje sentimental, un recorrido, éste, inmediatamente anterior al Sarrión
más culturalista, al “novísimo”.
Con poemas como “Regadera”, el primero con el que arranca esta parte de
“Farol de Saturno”, el poeta nos está proponiendo esa incursión en los
territorios de la infancia a la que he hecho referencia, para dejarnos
descansar de las prisas del mundo. Una incursión que tiene como particularidad
que viene fomentada por objetos, elementos que el recuerdo va trayendo a la
memoria en una etnografía del territorio que acompaña a la época. La regadera
de latón con la que la ducha del verano pareciera una invocación del paraíso, o
el rastrillo abandonado en un campo de maíz, o el tiempo lento acariciado en
una referencia a la siesta de un perro, o el protagonismo del tebeo en los
resortes intelectuales de la infancia.
Todo ello con hondura moral, ironía, concesiones al desencanto que van
acercando al poeta que ya se nos ha presentado en la primera parte del libro. Y
todo ello, a su vez, con una coda final donde se contiene buena parte de la
determinación de Sarrión en la escritura del libro, un poema que dice “Viento
de otoño, Nubes ya invernales. Postrer milagro que el último grillo/ logra con
su cri-cri,/ sin más propósito,/ ni más postulación de un “yo” ridículo./ De
tal modo celebra lo que fue/ su conexión al Todo/ que se verificó con el mínimo
coste./
Antonio Martínez Sarrión tiene, ahora, que intentar defender un libro
complejo en la defensa de su armazón, pero, sin duda, una entrega muy
considerable de la manejabilidad del verso del manchego, de la ruina moral que
atenaza el mundo, de los valores internos de un poeta que apuesta firmemente
por los nuevos-viejos asuntos de su poesía, aunque en ocasiones estos sean,
para el común de los lectores, ignotos.
